
La huelga general de 1973 no fue un estallido espontáneo, sino el fruto de una larga maduración. Acordada ya en 1964 por los sindicatos uruguayos y ratificada en el congreso fundacional de la CNT, la medida fue preparada durante años como la respuesta organizada ante la inminencia de un golpe de Estado. Cuando este finalmente se consumó, la central obrera convocó al pueblo trabajador a ocupar sus puestos de trabajo por tiempo indefinido. Y el pueblo respondió: las fábricas fueron tomadas, el transporte se detuvo, el comercio, la banca y la industria quedaron paralizados.
Durante quince días, el país entero permaneció inmovilizado. Pero aquella parálisis fue, en realidad, un movimiento profundo: un acto de resistencia colectiva y solidaria, fraguado en cada lugar de trabajo, en cada esquina vigilada por los trabajadores. Hombres y mujeres, rodeados por sus comunidades, arriesgaron sus vidas para sostener una medida que no solo desafiaba al poder de turno, sino que defendía la libertad misma.
Miles de obreros y estudiantes, unidos en la calle y en las fábricas, hicieron de esos quince días un muro contra las fuerzas conservadoras y reaccionarias, y una prueba indeleble de que la dignidad popular no se rinde.






